lunes, 21 de octubre de 2013

Infancia.

La calurosa luz del día incidía con fuerza sobre los niños y la casa del campo. Alicia, agotada, respiraba entrecortadamente. Reía, tosía, y reía de nuevo, lamía el helado y sonreía. Damián, en cambio, decidía apretar el ceño cubierto de sudor, con los puños cerrados. No estaba de humor, y la rabia que sentía le impedía apartar la vista del helado. No era justo, Alicia tenía la culpa, y aún así huyó al hacerlo. Damián la persiguió, pero  Alicia siempre había sido más veloz que él. Todos los viernes en la terraza del bar de sus tíos lo retaba a hacer una carrera, y casi siempre le ganaba, lo que le irritaba a más no poder. No le gustaba perder contra nadie, así que jugar con él era complicado, sin embargo nunca rechazaba el reto.
Tras pararse a coger aire, volvió a correr hacia Alicia y con la mano abierta intentó derribarle el helado. Alicia dio una vuelta de peonza, y empujó a Damián con el brazo libre. El helado era suyo, y no iba a dárselo por nada del mundo. Damián, enfurecido, se lanzó de nuevo hacia ella, y arañándole la mano, tiró el helado al suelo. Las lágrimas de Alicia salieron tan de repente que Damián se sorprendió. ¿Cómo podía tener tanta cara? ¡Ella le había tirado el suyo antes en las peñas! Sabía que con su llanto vendría la regañina de su madre y las miradas atentas de sus tíos. A pesar de que él tenía razón  no pudo evitar ponerse nervioso. Alicia entró en la casa, berreando y reclamando su helado entre sofocos, y Damián salió corriendo. Pasó el descampado y llegó a las peñas, los grandes montículos de piedra que formaba su parque de entretenimiento. Allí, asomado tras la roca entre las hojas de la encina miraba atentamente la casa. No era culpable, pero así se sentía. –“Llorona, que tiene que entrar en casa para que me riñan”-. Avistó a su madre desde lejos llamándolo. -¡¿Qué quieres?!- Le gritaba Damián. Su madre en cuanto lo vio le dijo que entrase en casa, pero no quería. A pesar de ello sus paso iban hacia donde estaba su madre, pues menos quería desobedecerla.
Alicia estaba en el salón, sentada en las piernas de su padre. Allí estaban su padre, sus tíos, su abuela y un tío segundo. Sacándole la información con gran esfuerzo Damián explicó lo que ocurrió. Lloraba sin poder controlarlo, porque no quería estar en esa situación por algo que él no se había buscado. Pero allí estaba, sintiéndose diminuto. Todo acabó con un beso entre Alicia y Damián obligado por los padres. –“¿Jugamos a la pelota?”- Preguntó Alicia cuando los dos salieron del salón. –“No quiero”- respondió Damián con la boca llena de migas. –“Bueno, pues juego yo sola”.-. Damián se sentó en las sillas del pequeño jardín interior, y Alicia entró en el desván a por una pelota. Al volver trajo con ella una un poco desinflada, que intentaba hacer botar con gran esfuerzo. Alicia y Damián se miraban de vez en cuando, pero  ninguno decía nada. Al terminarse el bocadillo Damián empezó a aburrirse, así que fue al desván también a por su pelota. La suya al ser nueva estaba más hinchada. Empezó a botarla con fuerza para llamar la atención de Alicia, que miraba de reojo de vez en cuando. Cada uno jugó por separado varios minutos, hasta que Alicia volvió a preguntar “¿Jugamos?”. Damián con  resentimiento se quedó callado, botó el balón y preguntó que a qué juego le apetecía. Alicia sonrió, y a Damián le bailaron mariposas en los labios, y no pudo impedir sonreír también. Parecía que ya no hacía tanto calor