La calurosa
luz del día incidía con fuerza sobre los niños y la casa del campo. Alicia,
agotada, respiraba entrecortadamente. Reía, tosía, y reía de nuevo, lamía el
helado y sonreía. Damián, en cambio, decidía apretar el ceño cubierto de sudor,
con los puños cerrados. No estaba de humor, y la rabia que sentía le impedía
apartar la vista del helado. No era justo, Alicia tenía la culpa, y aún así
huyó al hacerlo. Damián la persiguió, pero Alicia siempre había sido más veloz que él.
Todos los viernes en la terraza del bar de sus tíos lo retaba a hacer una
carrera, y casi siempre le ganaba, lo que le irritaba a más no poder. No le gustaba perder contra nadie, así que jugar con él era complicado, sin
embargo nunca rechazaba el reto.
Tras
pararse a coger aire, volvió a correr hacia Alicia y con la mano abierta
intentó derribarle el helado. Alicia dio una vuelta de peonza, y empujó a
Damián con el brazo libre. El helado era suyo, y no iba a dárselo por nada del
mundo. Damián, enfurecido, se lanzó de nuevo hacia ella, y arañándole la mano,
tiró el helado al suelo. Las lágrimas de Alicia salieron tan de repente que
Damián se sorprendió. ¿Cómo podía tener tanta cara? ¡Ella le había tirado el
suyo antes en las peñas! Sabía que con su llanto vendría la regañina de su
madre y las miradas atentas de sus tíos. A pesar de que él tenía razón no pudo evitar ponerse nervioso. Alicia entró
en la casa, berreando y reclamando su helado entre sofocos, y Damián salió
corriendo. Pasó el descampado y llegó a las peñas, los grandes montículos de
piedra que formaba su parque de entretenimiento. Allí, asomado tras la roca
entre las hojas de la encina miraba atentamente la casa. No era culpable, pero
así se sentía. –“Llorona, que tiene que entrar en casa para que me riñan”-.
Avistó a su madre desde lejos llamándolo. -¡¿Qué quieres?!- Le gritaba Damián.
Su madre en cuanto lo vio le dijo que entrase en casa, pero no quería. A pesar
de ello sus paso iban hacia donde estaba su madre, pues menos quería
desobedecerla.
Alicia
estaba en el salón, sentada en las piernas de su padre. Allí estaban su padre, sus
tíos, su abuela y un tío segundo. Sacándole la información con gran esfuerzo
Damián explicó lo que ocurrió. Lloraba sin poder controlarlo, porque no quería
estar en esa situación por algo que él no se había buscado. Pero allí estaba,
sintiéndose diminuto. Todo acabó con un beso entre Alicia y Damián obligado por
los padres. –“¿Jugamos a la pelota?”- Preguntó Alicia cuando los dos salieron
del salón. –“No quiero”- respondió Damián con la boca llena de migas. –“Bueno,
pues juego yo sola”.-. Damián se sentó en las sillas del pequeño jardín
interior, y Alicia entró en el desván a por una pelota. Al volver trajo con
ella una un poco desinflada, que intentaba hacer botar con gran esfuerzo.
Alicia y Damián se miraban de vez en cuando, pero ninguno decía nada. Al terminarse el
bocadillo Damián empezó a aburrirse, así que fue al desván también a por su
pelota. La suya al ser nueva estaba más hinchada. Empezó a botarla con fuerza
para llamar la atención de Alicia, que miraba de reojo de vez en cuando. Cada
uno jugó por separado varios minutos, hasta que Alicia volvió a preguntar “¿Jugamos?”.
Damián con resentimiento se quedó
callado, botó el balón y preguntó que a qué juego le apetecía. Alicia sonrió, y
a Damián le bailaron mariposas en los labios, y no pudo impedir sonreír
también. Parecía que ya no hacía tanto calor








